jueves, 26 de junio de 2014

Hablando con El Niño Gusano





Javier Corcobado fue la primera persona a la que oí hablar de El Niño Gusano. Inmediatamente me hice fan de ellos, porque con ese nombre no podían ser malos. Después escuché malos. después escuché "La mujer portuguesa" y empecé a seguirles la pista. Ficharon por RCA después de dos discos con Grabaciones en el Mar y en 1998 publicaron  El escarabajo más grande de Europa. Eran un grupo fantástico y muy divertido de entrevistar. Estaban en tierra de nadie. Eran únicos. La entrevista que viene a continuación fue publicada se mismo año en  El País de las Tentaciones.

Érase una vez un ciervo volador -un escarabajo más bien grandote y con una especie de astas en la cabeza- que volaba despreocupadamente por un bosque francés, en una tarde veraniega. Al acercarse al suelo, ¡zas!, una mano gigantesca se cruzó en su camino. Un monumental bofetón que hizo que el insecto fuera derribado. A su alrededor, cinco músicos maños habían dejado de jugar a la petanca y contemplaban la escena: El escarabajo sobre la tierra, moviendo las patitas, mientras uno de ellos –concretamente, el del bofetón-, gritaba: “¡Mirad, mirad, es el escarabajo más grande Europa!”
La historia terminó bien. El bicho remontó el vuelo como pudo y la exclamación del agresor terminó convertida en título del tercer álbum de El Niño Gusano: El escarabajo más grande de Europa. De ese modo lo cuentan ellos, con mucho jolgorio, repartiéndose la historia entre los cinco. “Nos gusta usar chistes privados para nuestro trabajo. A veces vamos en la furgoneta, gastando bromas; alguna de esas frases recurrentes, aparentemente sin sentido, se convierte en parte de nuestro trabajo”, dice Sergio Algora, cantante y letrista. “Pero esta historia es responsabilidad exclusiva de Mario”, asegura Sergio Vinadé, guitarrista y compositor. “Eso, cada uno que apechugue con lo suyo. A Mario Quesada le encantan los insectos, siempre nos está hablando de ellos”, añade Andrés Perruca, batería. “Sí, cuando derribó al escarabajo nos llamaba para que lo viéramos, lo movía con un palito”, ríe Paco Lahiguera, el miembro más nuevo del grupo, encargado de teclados, guitarras y coros.
Mario –que es el bajista- se defiende: “Sólo lo dejé aturdido, ¿eh?”.




La sociedad protectora de insectos no tendrá que intervenir por el momento. Todo lo contrario. Este grupo no solamente usa un título como el ya citado, también aluden a moscas, mariposas y arañas en sus letras y además se hacen llamar El Niño Gusano. O bien son fans de los pequeños misterios de la madre naturaleza o bien toman pócimas secretas para estimular sus mentes. Porque su música, pop melódico, como concebido al otro lado del espejo, en el País de las Maravillas de Alicia, sigue siendo cualquier cosa menos convencional. “No somos un grupo de canciones psicodélicas –afirma Vinadé-, somos un grupo psicodélico en general. Nosotros, nuestros discos, nuestros temas, nuestras actuaciones, el concepto de El Niño Gusano es muy psicodélico”. Su menú de influencias sonoras es también así, no importan las décadas. Si Kinks, Love, o Zombies están presentes también lo están Julian Cope o Mercury Rev. Como los galeses Gorky’s Zygotyc Mynci (quienes por cierto, recuerdan bastante al Niño Gusano; el quinteto de Zaragoza es anterior a ellos), convierten la simplicidad y la pureza del pop en un cuento multicolor de hadas y gnomos modernos. “Al contrario que a muchos otros, nos interesa la música de otras époicas y no exclusivamente la de ahora”, dice Mario. “Ahora lo que se lleva es lo que suena a música de final de milenio, a moderno. Y hay cosas que no nos convencen lo más mínimo. Por ejemplo, a Vinadé le encantan los Chemical Brothers, y al resto no nos gustan nada. Y The Verve nos parece una cosa muy manida, muy fácil. Tienen un par de singles que están bien y en uno [por “Bittersweet symphony”] la canción ni siquiera es de ellos, es de los Rolling Stones”.




¿Y su último disco, qué aporta realmente al “mundo gusano”? “Este disco es diferente –explica Algora-. Aporta tranquilidad a nuestro estilo, es el más calmado de los tres. Los anteriores tenían canciones más breves, eran muy pop. Aquí los temas son más tranquilos y serenos, más calmados”. “Nos hemos preocupado más por crear climas –prosigue Andrés-, por cuidar más los detalles. Las canciones se han alargado”. ¿Acaso os estáis volviendo sinfónicos? “¡Eso lo último! –responde Vinadé- Cualquier cosa menos eso”. “La verdad –interviene Mario- es que lo que sí es este álbum es más melancólico”. “Contemos la verdad –dice Algora-: Nos hemos enamorado todos a la vez y vamos a decirle a Paco que se haga cura para que nos case entre nosotros mismos”. “Es un disco que en lugar de dar pistas, despista”, zanja Mario.
El Niño Gusano fueron, desde su aparición en los días felices del pop alternativo nacional, un mundo aparte. Estaban al margen de la onda noise, cantaban en castellano y mostraban, como ya se ha dicho, tanto interés por el rock del presente como por el del pasado. Circo luso (1995) y El efecto lupa (1996) les posicionaron como banda independiente. Con este álbum debutan como artistas exclusivamente ligados a una multinacional. Han pasado muchas cosas desde los días en que su himno particular, “La mujer portuguesa” abría alegres expectativas de humor, fantasía y melodía en un mundo poblado por look-alikes de Sonic Youth y Pavement. “La gente quizá esperase que El escarabajo... fuera una obra más abierta y comercial, era lo natural, -explica Andrés-. Pero lo que nos ha salido es un disco menos comercial, a pesar de que sea el primero para una compañía grande”.




“La verdad es que tampoco nos preocupa que venda mucho o no”, añade Algora. Le contesto que eso es lo que dicen todos. “Vale, en realidad lo que estamos haciendo es aprovechar esta experiencia de cara a nuestras cinco futuras carreras en solitario. Cada vez que a uno de nosotros le sale un tema pegadizo dice: “No, no, este me lo guardo para cuando saque mi propio disco”. Tras la carcajada general, un poco de cordura.  “Nosotros sí nos consideramos comerciales –prosigue Algora-. No somos Tortoise, nuestras canciones tienen estribillo,  se pueden cantar. No admitimos el pesimismo, creemos que lo nuestro puede llegarle al público, pero bueno, que nadie se preocupe que no queremos montar un culto religioso”.
“Ahora feliz, feliz”, “Soy ruso”, “Jugoslavia” y varias de las alucinadas canciones –especialmente las más reposadas- de su último trabajo son motivos suficientes para amarles incondicionalmente, a pesar de que en el plano literario suenan un tanto estancados. O quizá es pura insistencia, una táctica para que la gente se acostumbre a ellos de una vez por todas. “Dicen que somos demasiado originales –se queja Vinadé-, pero yo creo que está muy claro de dónde venimos”. “Como solo vendemos 10000 copias, somos raros –apunta Paco-. Si vendiéramos 100000 ya no seríamos tan raros”. “Por el momento –aclara Algora-, somos psicóticos, raros y alienígenas. Pero nuestro punto de partida no es otro que el pop de toda la vida. Si Blur no vendieran tantos discos también serían considerados extraños. Sus discos no son fáciles, lo que ocurre es que tienen singles muy exitosos”. “Pero nosotros no nos planteamos esas cosas cuando vamos a grabar”, se apresura a decir Mario.
-¿Y tú por qué no te planteas esas cosas? –le pregunta Algora muy serio, antes de que vuelvan las carcajadas.
El escarabajo más grande de Europa ataca de nuevo.




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