miércoles, 5 de marzo de 2014

Historias del Max's Kansas City


Andrea Feldman (a.k.a. Andre Whips) frente al Max's. Foto: Anton Perich


Coincidiendo con la publicación de un libro de fotos sobre el Max's Kansas City publicado en 2011 escribí dos artículos sobre el local, uno de los puntos de encuentro más fascinantes para artistas y músicos del underground y también para los no tan underground. Uno de ellos , más conciso, se publicó en Babelia. El otro apareció a finales de año en Ruta 66 y es la versión original del texto que da cuerpo a este post, y en el cual me inspiré para grabar un podcast que puedes escuchar haciendo click aquí.


David Johansen de coña con Dee Dee Ramone a las puertas del Max's, con Alan Vega y miembros de The Fast. Foto. Anton Perich.


Se llamaba así porque su propietario quería darle un nombre sonoro. Max resultaba pegadizo, y Kansas es la palabra que un yanqui asociaba a los buenos filetes, porque al fin y al cabo, lo que Mickey Ruskin inauguró en diciembre de 1965 era eso, un restaurante. La diferencia entre el Max’s Kansas City y el resto de restaurantes de Nueva York fue su clientela, una variopinta manada de artistas, que encontraron allí el punto de reunión perfecto. Ruskin, hijo de un abogado de Nueva Jersey sin el más mínimo interés en seguir los pasos de su padre, ya había regentado antes Les Deux Magots y The Ninth Circle, el cual absorbió en 1962 parte de la clientela del Cedar Tavern, compuesta por los pintores estelares del expresionismo abstracto –Rothko, De Kooning, Pollock- y escritores beat –Kerouac, Corso, Ginsberg-. Siempre atraído por el ambiente artístico del Downtown, Ruskin llegó a dar recitales de poesía en su primer restaurante. Después, aburrido del negocio, se fue un año a Europa, pero antes de regresar a Nueva York ya sabía que quería abrir otro establecimiento. Escogió un local al sur de Park Avenue, zona que no era precisamente la más chic de la ciudad, e hizo de él el Max’s Kansas City.





La política de Ruskin consistía en repartir un tentempié gratuito por las tardes. De este modo, muchos artistas acudían a  llenar gratis el estómago y luego se quedaban bebiendo. Las obras de arte fueron saldando abultadas cuentas de consumiciones. Eso explica que, en el bar de la entrada, el pasillo y sobre la caja registradora hubieran fotografías, cuadros y esculturas de John Chamberlain, Donald Judd, Dan Flavin, Frosty Meyers... En la zona principal del Max’s, los artistas discutían acaloradamente acerca del arte y la vida; la mezcla de alcohol y debates a menudo resultaba explosiva. Aunque con la llegada del pop art y el minimalismo, el expresionismo abstracto había dejado de ser el último grito, la mayoría de los allí presentes se negaba a tomarse en serio a Andy Warhol, habitual del lugar a partir de septiembre de 1966. Consciente de que su lugar no estaba entre aquel grupo de artistas plásticos heterosexuales, resentidos con los artistas pop a los que tachaban de frívolos (a él le habían puesto el mote de Wendy Airhole), se instaló en la parte trasera del local. Lo que hasta entonces fue el reservado donde se acomodaba a los grupos grandes de clientes, la zona en la que por regla general, nadie quería estar, fue tomada por Warhol con su tribu.



Warhol y Nico en el backroom del Max's, 1968. Foto: Billy Name


El reservado, con sus paneles de formica y sus mesas redondas con manteles rojos se convirtió en su reino. La suya era conocida como “la mesa del capitán”, y alrededor de ella sentaba cada noche a Gerard Malanga, Nico, Edie Sedgwick, Taylor Mead, Mary Woronov, Eric Emerson, Viva y cualquier otra superstar del momento. El speed corría libremente y el exhibicionismo formaba parte del protocolo. Debbie Harry, que entonces trabajaba allí como camarera, nunca olvidó lo desagradable que podía llegar a ser aquel grupo que, además, nunca dejaba propina. “El reservado del Max’s, -escribió Warhol en POPism- iluminado por la escultura de luz obra de Dan Flavin, era el lugar donde todo el mundo acababa la noche. Cuando todas las fiestas habían terminado y todos los bares y discotecas habían cerrado, ibas al Max’s y te encontrabas con todo el mundo, era como volver a casa, pero mejor”. Su magnetismo y el de su troupe fue atrayendo a otras especies sociales al local. Tal como ocurriera con la Factory, las modelos, los diseñadores y los fotógrafos, las estrellas de cine, la alta sociedad y los aristócratas cayeron rendidos ante aquella extravagante manifestación de chic callejero. Estar en el Max’s era sinónimo de estar en el lugar in por antonomasia, el sitio donde podía ocurrir cualquier cosa.





Entonces llegaron las primeras rock stars, muchas de ellas de la mano del cazatalentos Danny Fields. “En la primavera de 1967 trabajé como publicista para Cream –recordaba Fields-. Era su primer viaje a Nueva York y entonces su management lo llevaban Brian Epstein y Robert Stigwood. Mi idea consistió en ofrecer un desayuno rueda de prensa en el Max’s para que los periodistas conocieran a Epstein. Sabía que él sería el reclamo para que la prensa hablara de Cream, que en aquel momento aún no interesaban a nadie en Estados Unidos. Así que todo el mundo fue a ver a Brian. Mickey dice que fue el primer evento del show business que tuvo lugar allí,”. Ese debió ser el día en que Epstein y Lou Reed se conocieron, y el primero se confesó fan de The Velvet Underground & Nico, durante un paseo en limusina que culminó en una propuesta de Epstein para organizar la primera gira de los Velvet por Inglaterra. Fields también le descubrió el Max’s a Tim Buckley, y llevo a Jim Morrison cuando The Doors actuaron en Nueva York. Ruskin solo supo quiénes eran cuando Fields le pasó una copia de Light My Fire pidiéndole que la incluyeran en aquel jukebox donde siempre sonaba Knocking On Heaven’s Door.  Con la llegada de los músicos, los artistas plásticos se sintieron definitivamente invadidos. Pero la situación era irreversible. El reservado era, según palabras de Paul Rothschild, directivo de Elektra, “puro teatro”: “Era la primera expresión abierta de homosexualidad en Nueva York... abrazos, besos, grandes celos representados ante el mundo [...] En la mesas veías el lado más turbio, gente chutándose cocaína, speedballs, el gran concurso de pastillas: ¿Cuántas puedes comerte en el Max’s y salir luego andando?”



Una noche cualquiera en el Max's. De izquierda a derecha: Nico, el mánager Shep Gordon y Alice Cooper. Detrás, Arthur Kane, de New York Dolls con Ari, el hijo de Nico, en hombros.

“Era un lugar al cual pertenecías o no”, escribiría Lou Reed años después. Lo que nunca estuvo claro es qué hacía falta poder pertenecer allí. Ruskin se apostaba en la puerta y le negaba la entrada a aquellos que no lucían el aspecto idóneo. A Janis Joplin le ordenó que volviera después de darse un baño. A Fred Hughes, joven adinerado y futuro directivo de las empresas de Warhol, le ridiculizó por llevar sombrero. Y a los todavía anónimos Patti Smith y Robert Mapplethorpe les dejaba entrar a regañadientes por su aspecto de pordioseros. En los años álgidos, el Max’s fue un negocio redondo. Las aglomeraciones eran tales que Ruskin alquiló un local en la acera de enfrente para poder acoger a los que no cabían allí.  Jane Fonda y Roger Vadim, Mick Jagger, John Lennon y Yoko Ono, Marisa Berenson... La realeza de Hollywood y la del rock se había rendido al poder del underground. Parte de ese poder recaía también sobre las drag queens y las transexuales que en aquella época solo eran visibles en un bar como aquel: Candy Darling, Holly Woodlawn, Wayne County, Jackie Curtis... 





Paul Morrissey descubrió a Joe D’allessandro en aquella versión americana de una película de Fellini, en un club nocturno cuyo dueño insistía en que, si hubiese cobrado un centavo por cada una de las veces que alguien había practicado sexo en la cabina telefónica del local, se habría hecho millonario. Dice la leyenda que en ella Eric Emerson folló con Jane Fonda mientras Roger Vadim los miraba. A los asistentes también podía sorprenderles el anuncio del showtime, el momento de la noche anunciado por la actriz Andrea Feldman en el que ella y otros voluntarios se subían a una mesa y se desnudaban. Y a pesar de todo, la privacidad era sagrada. Ningún fotógrafo que no fuese de confianza lograba llegar al reservado, severamente custodiado por la portera Dorothy Dean. Nada de lo que pasara allí dentro trascendía al mundo exterior. “Para mí había dos Max’s”, explicaría Iggy Pop, que empezó a frecuentarlo con 19 años; de ahí que le pareciera como ingresar en “la Facultad de Demencia”. “Uno era el del reservado, el Max’s del círculo gay intelectual costeado por Warhol. Y el otro es el que surgió más tarde, cuando se convirtió también en sala de conciertos”.




Ese otro Max’s al que Iggy hace referencia nació a finales de 1969, en la planta superior del restaurante, originalmente destinada a albergar las taquillas de las camareras. Primero fue discoteca, y hay quien recuerda a Patti Smith agitándose con su enorme gabardina, completamente sola al ritmo de la música, o al omnipresente Eric Emerson bailando con sus pantalones vaqueros y el culo al aire. Entonces alguien descubrió que si se convertía ese espacio en sala de conciertos, llegarían más ingresos. La primera banda que actuó allí fue Velvet Undeground, que daban sus primeros conciertos neoyorquinos en tres años. Tocaron de miércoles a domingo entre junio y agosto de 1970. Una de aquellas actuaciones fue grabada por Brigid Polk (Jim Carroll sostenía el micro, por eso se le oye claramente pedir un Pernod en el disco en directo que se hizo con esas cintas), en la última actuación de Lou Reed con sugrupo. “Fotografiando a Lou Reed durante aquellos conciertos conocí a la periodista Lisa Robinson, que fue fundamental para mi carrera –relata Lee Black Childers, futuro mánager de Heartbreakers-. Wayne County estaba sentado junto al escenario contemplando a Lou Reed diciendo “hay un dios frente a nosotros” [...] Las dos últimas semanas Lou Reed ya no apareció. Lenny Kaye me llamó y me dijo que sabía que tenía fotos del grupo y que Lisa Robinson estaba buscando fotos de aquellos conciertos. Le llevé todo lo que tenía y se volvió loca”. La noche de 23 de agosto se entrelazaron dos leyendas, la de los Velvet  y la del nacimiento de uno de los clubes de rock más importantes de los 70.



Iggy actuando con Stooges en el Max's, 1973. Foto: Anton Perich



Alice Cooper también tocó allí y a partir de 1971, las actuaciones fueron creciendo, con una programación que mezclaba bandas underground (New York Dolls, Teenage Lust, el grupo que Eric Emerson hubiese montado en ese momento...) con nombres del folk y el country. Fue John Lennon quien, sin querer, conectó el local con la industria cuando llamó al programador de la sala, Sam Hood, y le pidió un favor: que llevara a tocar a los Elephant’s Memory. Los Wailers hicieron su primer concierto neoyorquino en 1973 abriendo para un también desconocido Bruce Springsteen. Una de sus actuaciones en el Max’s fue presenciada por otro desconocido más, un músico inglés que entonces  también luchaba por destacar. Quedó algo decepcionado por la actuación de Biff Rose que había ido a ver, y decidió quedarse a ver a un cantautor que le fascinó cuando dejó de sonar como tal. “A partir de ese momento, se convirtió en otra cosa, el rollo dylaniano se evaporó en cuanto hubo rock”, recordaría posteriormente aquel inesperado converso llamado David Bowie.






El contacto de Bowie con el Max’s se remontaba a 1967. Aquel año, su entonces mánager, Kenneth Pitt, viajó a Nueva York para supervisar la edición americana del debut de su cliente. Llegó a conocer a Warhol y éste le regaló un acetato del primer disco de VU. Bowie se convirtió en el primer artista británico que lo escuchó y quedó completamente fascinado y obsesionado por aquellas canciones. En 1971, la influencia del universo warholiano en Bowie era también obvia gracias a Pork, la obra teatral estrenada en Londres ese año, e interpretada por un elenco (Cherry Vanilla, Wayne County, Tony Zanetta...) que era casi como la clá del Max’s. Bowie y Angie habían hecho amistad con el reparto y, sobre todo, habían tomado buena nota de su actitud camp y escandalosa, detalles que incorporaron inmediatamente al personaje que Bowie habría de representar durante los siguientes meses. Ese mismo año, durante una visita a Nueva York para promocionar Hunky Dory, tuvo un decepcionante encuentro con Warhol, al cual no le hizo mucha gracia la canción “Andy Warhol”. Pensó que todo iría mejor cuando, a través de un ejecutivo de RCA, conociese al fin a Lou Reed. Pero Reed  pasó la cena en guardia y Bowie no sabía muy bien qué decirle. Antes de despedirse, y sabiendo que iban al Max's y que allí se encontrarían con Iggy Pop, Reed advirtió a Bowie: “No hables con él. Es un yonqui”.



James Williamson, Iggy y Lou Reed, en el Max's

Bowie no solo habló con Iggy, también lo convirtió en parte de su plan para dominar el mundo del pop, al igual que haría con Reed; era su manera de agradecerles la inspiración que le llevó a convertirse en Ziggy Stardust, en la estrella que ansiaba ser. En 1972, el glam empezaba a relucir en Inglaterra a través de Marc Bolan. Pero para los neoyorquinos, el glam solo existía en las pintas de los adeptos al Max’s. Las boas de plumas, el glitter en la cara, las botas de plataforma, la ropa estridente. Ataviado con botas de caña alta y shorts con pedrería, Iggy Pop actuó en el Max’s en julio de 1973, ante un público que incluía a  Alice Cooper, los New York Dolls, Todd Rundgren y Lou Reed. Iggy, que no tenía ganas de actuar en una sala donde la gente se sentaba en sillas plegables “como si fuera una iglesia Pentecostal”, acabó revolcándose sobre una mesa y clavándose varios cristales. Fue uno de esos conciertos suyos en los que la sangre tuvo más protagonismo que la música. Un rato después, mientras charlaba con Jackie Curtis, Reed le ofreció algunas de sus canciones para que las grabara. “Nosotros escribimos nuestro propio material”, contestó Iggy, que era yonqui, pero no tonto.

En 1974, la parte superior del Max’s acogió conciertos de Captain Beefheart, Big Star y Suicide. También fue el escenario de algunos de los primeros bolos de Patti Smith y Television. Pero la situación había cambiado drasticamente. Warhol había dejado de acudir allí desde que Valerie Solanas atentara contra él en la Factory. Los nuevos grupos ya podían actuar en otros locales como el CBGB's. Clientes estelares como Andrea Feldman, Lillian Roxon y Candy Darling habían muerto. Y la cantidad de facturas pendientes era enorme. Ruskin se cansó de llenarle el estómago a la gente mientras sus bolsillos se iban vaciando. No fue su adicción a la cocaína, si no el cansancio, o mejor, el aburrimiento, lo que le llevó a cerrar el Max’s. El día que llegó el aviso de que le iban a cortar el suministro eléctrico, cerró el local.





Cuando Tommy y Laura Dean compraron el local en 1975, Nueva York contaba con una escena musical emergente, una familia de bandas urbanas que no eran bien recibidas ni en las discográficas ni en las radios, y necesitaban locales en los que actuar. Dean carecía del olfato artístico de Ruskin, así que buscó quien programara la sala. El trabajo se lo que do el mánager Peter Crowley, quien a su vez puso como dj a Wayne County. En poco tiempo, el Max’s volvió a ser el after al que todo el mundo acudía tras un concierto. Lisa Robinson, portavoz del rock neoyorquino de aquellos días, escribía fervientemente en Hit Parader y Rock Scene sobre todas las nuevas bandas nuevas que desfilaban tanto por el Max’s como por el CBGB’s. Blondie, Richard Hell, The Miamis, Mumps, Television, Heartbreakers, Ramones, Tuff Darts, Mink Deville, Television, Talking Heads... estos y otros muchos nombres que apenas nadie recuerda pasaron por su escenario. Para amortizar su marca de factoría de nuevas bandas, Crowley se inventó un álbum bautizado como el local que se editó en febrero de 1976. Contrariamente a la lógica, Max’s Kansas City (Ram, 1976) no era un disco en directo si no una recopilación de temas en estudio de varios de los grupos más celebrados en el establecimiento. Cherry Vanilla, The Fast, Harry Toledo y Suicide aportaban algunas de las mejores canciones del álbum, mientras que Wayne County pasaba lista al quien es quien de la escena local del momento en un tema bautizado como el local. Y aunque aficionados y fisgones acudieran a ver a todas aquellas nuevas promesas noche tras noche, el Max’s ya no era el local cool por antonomasia. El título de lugar para estar y dejarse ver, el templo del rock asociado a lo chic lo ostentaba ahora el CBGB’s.



Foto de Bob Gruen de los grupos participantes en el disco "Max's Kansas City" y que se usó para su portada.





Fue a principios de 1976 cuando la palabra punk se hizo popular por culpa del fanzine de Legs McNeil y John Holstrom. Con Punk, llegó también el cisma entre el Max’s y el CBGB’s, o por decirlo de otro modo, la guerra entre la escena gay la heterosexual. Durante un concierto de County en el CBGB’s, éste, al ser increpado por Dick “Handsome” Manitoba, le atizó con el micro en la cabeza. “El Max’s se puso del lado de County y el CB’s, de Manitoba –recuerda McNeil-. Supongo que los Dictators estuvieron en la lista negra de Crowley, que culpó de todo a los chicos heterosexuales de Punk. Hubo un auténtico cisma. Fue desagradable y feo. No creo que Manitoba estuviera metiéndose con Wayne por ser gay, solo se comportaba como un tipejo desagradable, como el resto de nosotros. Creo que Wayne exageró su reacción. Hubo listas negras en ambos clubs”. El Max’s organizó un concierto benéfico para recoger fondos para pagarle un abogado a County, que tras ser denunciado, pasó a estar en busca y captura, así que acudía a pinchar al Max’s disfrazado con peluca morena y bigote postizo.





La eclosión punk hizo que la programación del Max’s se incrementara en 1976. Grupos completamente desconocidos como los Cramps y Pere Ubu actuaron allí, por obra y gracia de Crowley, que tenía un olfato especial para determinadas bandas, no importaba lo desastrosa que fuese su imagen o el aspecto de psicópatas que tuvieran. En el bar se podían beber cócteles como el Mink De Ville o el Suicide, un cóctel de Chartreuse y ron flameado que, según avisaba la carta, era mejor no preparar en casa. Atraídos por toda aquella agitación, empezaron a llegar jóvenes de otras ciudades con la intención de estudiar diseño o montar un grupo. Como Lydia Koch, una adolescente precoz que leía a Burroughs y a Hubert Selby Jr. Pocas horas después de llegar a Nueva York se fue al Max’s a ver a Suicide. Vivía a unas manzanas de la sala, y empezó a frecuentarla, acosando a todos los músicos a los que idolatraba para leerles sus poemas. Lenny Kaye era el único que no huía despavorido. A pesar de todo, Lydia se hizo amiga de Suicide y Willy Deville, que le dio el apodo que se convertiría en su nombre de guerra: Lydia Lunch. Así, mientras el punk británico se hacía famoso en todo el planeta, unos cuantos terroristas sonoros desafiaban a su propia ineptitud y se planteaban crear una música que rompiera con la raíz blues del rock. “La no wave –cuenta Lunch- era el producto residual de Taxi Driver, Times Square, el Hijo de Sam, el apagón del 77, la propagación de la corrupción política, la pobreza rampante, el fracaso del Verano del Amor [...] Sí, estábamos enfadados, éramos desagradables, feos y estridentes”.


Lydia Lunch con Teenage Jesus en el Max's, 1977


James Siegfried, llegó desde Wisconsin a finales de 1975. Su primera novia neoyorquina fue Nancy Arlen, miembro de Mars, a la que conoció en un concierto de fin de año en el Max’s, donde tocaban Heartbreakers y Ramones. Durante un concierto de Suicide conoció a Lunch, que días más tarde se presentó en su casa preguntándole si podía quedarse a vivir. Él dijo que sí, cambió su apellido por el de Chance y montaron Teenage Jesus & The Jerks, que debutaron en el Max’s el 8 de agosto de 1977.  En ausencia de Crowley, que se había ido a Londres para lanzar  a Wayne County, Terry Ork y Deerfrance (vocalista y corista de John Cale) se ocuparon de la programación del Max’s. Gracias a eso, Mars, DNA, Von LMO y otros abanderados de la no wave empezaron a actuar allí, ya que Hilly Kristal se mostró, en un principio, reticente a tenerlos en el CBGB’s. También, por aquel entonces hicieron sus presentaciones neoyorquinos Devo (con Bowie entre el público) y The B-52’s. Hasta Sid Vicious dio un concierto acompañado de Mick Jones y algunos miembros de Heartbreakers, momento que fue inmortalizado con un álbum en directo.



Bowie saluda a Devo en el camerino del Max's tras el debut neoyorquino del grupo.

En 1978, el mapa musical había cambiado con la aparición del Mudd Club, que pronto se convirtió en el nuevo templo de modernidad. Salas como Tier 3 o Peppermint Lounge terminaron de desbaratar el eje Max’s-CBGB’s. Y comenzó el declive definitivo para el Max’s que comenzó a ser simplemente un sitio más, hasta que en 1981, cerró sus puertas para siempre (poco antes de que cerrara sus puertas, Emmy, el grupo liderado entonces por Madonna, actuó allí). Dos años más tarde, Mickey Ruskin, que años antes había abierto locales como el Ocean Club, fallecía a causa de una sobredosis. Patti Smith declaró que el día que pasó por la fachada del Max’s (cuando dejó de existir ella ya vivía en Detroit) y la vio en transformada en un deli, lloró amargamente. No era para menos. Nunca ha habido otro lugar así, y es muy posible que jamás vuelva existir uno como el Max’s Kansas City.



Madonna actuando con Emmy, su primera banda, en el Max's en 1981


*Las declaraciones han sido extraídas de lo siguientes libros: “Popism”, Andy Warhol & Pat Hackett (1980);  “High On Rebellion. Inside The Underground of Max’s Kansas City”, de Yvonne Sewall-Ruskin (1998); “Max’s Kansas City. Art. Glamour, Rock & Roll”, Stephen Kasher, 2010; “No Wave: Post Punk Underground 1976-1980”, Thurston Moore & Byron Coley, 2008; “No Wave”, Marc Masters, 2007; “Your Pretty Face Is Going To Hell: The Dangerous Glitter Of David Bowie, Iggy Pop And Lou Reed”, Dave Thompson, 2009.



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