lunes, 24 de febrero de 2014

"Morning Phase", otra obra maestra de Beck







Normalmente son los discos enmarcados en la noche los que suelen cautivarnos más. La noche y sus secretos, sus horas, la noche como metáfora de un periodo negro. En su último disco, Beck acepta la mañana como lo que es, un nuevo comienzo, un instante de posible tranquilidad, de búsqueda interior y exterior, de ruptura con la noche y lo que esta simboliza. Morning Phase es un  disco espiritual, casi religioso en el sentido de volcar anhelos, exorcizar emociones e incertidumbres. Sus reminiscencias proceden de Sea Change (2002), ya que ambos tienen en común ser discos melancólicos, además de haber sido registrados con prácticamente los mismos músicos.  También coinciden en que están hechos de canciones escritas durante un periodo determinado de años (“Wave”, por ejemplo, se escribió para Charlotte Gainsbourg, con la que Beck trabajó en IRM en 2009, aunque el germen de este álbum no aparece hasta 2012 tras la grabación de un single con Jack White), pero las composiciones están impregnadas de un sentimiento que las cohesiona y las convierte en álbumes perfectos.






Se dice que Sea Change fue la reacción al fin de una relación sentimental. Nadie acierta de momento a discernir de dónde procede el tono letárgico de Morning Phase, y el autor tampoco parece dispuesto a revelar mucho al respecto. Ese misterio le sienta bien a un  disco que suena meditabundo y no nos hace falta saber el motivo, porque si conectas con él, todo lo demás da igual. Es uno de esos discos en los que no cuesta entrar (siempre que llegues a él libre de prejuicios) porque lo que ofrece es acogedor, tanto en el plano musical como en cualquier otro. Los estilos se superponen de nuevo para formar una sola cosa, una sucesión de canciones que absorbe la parte más calmosa del rock californiano y la más bucólica del folk británico, cosmic country y folk, pinceladas de música repetitiva y sintetizadores de rock sinfónico.




Veinte años después de que se diera a conocer con “Loser”, la carrera de Beck no  solo ha demostrado ser de lo mejor que le ha ocurrido a la música pop durante ese tiempo, también ha ratificado que, en su caso, lo mejor siempre está por llegar. Nunca resultó fácil encerrarlo en una sola categoría, y desde el principio sus discos eran un catálogo de estilos que a mediados de los 90 deslumbraba por su versatilidad. Ahora que la versatilidad es prácticamente un estilo más, él sigue ampliando sus propios horizontes y los de la música popular editando un álbum a partir de sus partituras (una maniobra que, como él mismo explica, propone la forma más íntima de colaboración al permitir que cada oyente interprete a su modo la música escrita) o interpretando el “Sound And Vision” de Bowie con una orquesta. Podría parecer que Beck ha hecho todo lo que un músico puede hacer y entonces llega Morning Phase y eleva un poco más su propio listón con este álbum repleto de matices, y sin embargo es fácil querer escucharlo una y otra vez. Desde sus diferentes registros musicales, canciones como “Heart Is A Drum” o el extraordinario cierre que es “Waking Light” ejercen esa función redentora de la que hablaba al principio, como también lo ejercen las nueve canciones restantes que componen esta obra maestra.




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