martes, 4 de febrero de 2014

Hablando con Francisco Nixon


    Foto: Mari Wilson


Aprendiz de Kung-Fú (Ediciones Chelsea), es el libro recientemente publicado por Francisco Nixon  en una colección dedicada a recopilar textos escritos por músicos. Al poco de empezar a leerlo me dieron ganas de coger el teléfono y empezar a preguntarle cosas. En lugar de eso, le escribí un mail y le propuse elaborar una conversación virtual, a partir de un sucesivo intercambio de correos electrónicos. A Fran le gustó la idea.

Durante los últimos días hemos ido construyendo una entrevista como si fuera una charla que en realidad nunca tuvo lugar ni en persona ni por teléfono. Al principio dudé si debería fragmentar su publicación, pero tras consultar a Fran, decidimos que lo mejor era publicarla entera. Soy partidario de la síntesis cuando se trata de escribir para internet, pero a partir de ahora también soy partidario de aprovechar esa libertad de espacio y dejar que las cosas se prolonguen lo necesario cuando el tema lo requiera. El resultado es lo que sigue a continuación. Cualquier persona que quiera saber más sobre Fran y su carrera tanto en solitario como con Australian Blonde o La Costa Brava, debería leer Aprendiz de Kung-Fú. Espero verle en Madrid durante mi próximo viaje y poder hablar con él en persona de cómo hicimos que hablábamos en persona.


Fran, me gusta mucho Aprendiz de Kung-Fú. Lo que más me llama la atención es que con muy poco dices mucho. Cualquier que quiera saber quién es Francisco Nixon, lo que ha hecho, hace y piensa, lo tiene ahí, contado en menos de 100 páginas.
Es verdad que el libro reúne un montón de reflexiones y escritos que he ido generando a lo largo de los últimos años, y en ese sentido supongo que es lo más expuesto que he hecho hasta ahora.
Ese es el espíritu de la colección, hacer un recopilatorio de textos que tuviéramos por ahí que supusieran un repaso a toda nuestra trayectoria. En mi caso (y en el de todos, supongo) lo complicado ha sido encontrar material antiguo, por lo que el retrato es más bien del presente.
Por otra parte, digo muchas cosas que no pienso realmente. Me gusta jugar con las paradojas; atrapar una idea sugerente y ver hasta dónde me lleva. Mi única intención es entretener, tampoco me siento capacitado para otra cosa.

Tienes un blog [ francisco.nixon.com ] en el que plasmas tus reflexiones, que ahora están también en el libro. ¿Cuándo uno escribe cosas así para el ciberespacio es como si lanzara una carta al mar metida en una botella?
Empecé con el blog allá por 2006 (en otra plataforma diferente a la que tengo ahora) porque desde el primer momento me di cuenta que era una buena herramienta de promoción. En principio pensé solamente en hablar de cosas relacionadas con la música, pero poco a poco se fue haciendo más personal e iba añadiendo cosas que me gustaban, que había leído o había escuchado. De ahí nace un poco la sección Conversaciones Reales. También hice alguna entrevista, algún concurso, y, no sé, lo que se me ocurría. Hubo un momento en el que las redes sociales todavía no eran tan populares como ahora, y el blog llegó a tener bastante actividad y consumirme mucho tiempo. Ahora tengo un trabajo a tiempo completo que no me permite ocuparme de él, pero en su día supuso una pequeña escuela de escritura.
Sin el blog creo que el libro no hubiera sido posible, ya que gracias a él luego me surgió la oportunidad de colaborar con la revista Rolling Stone, donde tomó forma la sección Nixon y Cócteles, con la que seguí cuando estuve escribiendo para El Butano Popular. Esos artículos forman casi la mitad del libro.




Las conversaciones reales me fascinan. Yo también colecciono algunas, pero reconozco que si no las apunto de inmediato se me olvidan o las acabo deformando. Así que envidio esa capacidad para recoger y recordar fragmentos de las vidas ajenas. ¿Cómo te las arreglas para atraparlas? ¿Ha llegado a impactarte de algún modo especial alguna de esas charlas o las personas involucradas en ellas?
Yo soy el típico que pone la oreja en las conversaciones de los demás, en parte por cotilleo y en parte porque a la hora de escribir las letras de mis canciones me esfuerzo por hacerlo de la forma más sencilla, utilizando un lenguaje lo más coloquial posible. Creo que, así como escribir bien es muy difícil, la mayoría de la gente es capaz de ser brillante en la conversación, ser buen imitador, tener un golpe... En la interacción social todos nos entrenamos para ello, para parecer interesantes. Nada más denostado que un pelmazo
Empecé a anotar las conversaciones que pillaba por ahí, muchas vividas en primera persona y otras que me contaban. Ahora “cazo” menos porque ya no salgo tanto, pero creo que cualquiera que se pusiera a ello en serio podría escribir un buen libro con esa técnica. Te animo a que lo hagas si puedes. De hecho Bioy Casares tiene un libro divertidísimo llamado De jardines ajenos, que recomiendo. También recuerdo otro chico que tenía un blog donde apuntaba las conversaciones que escuchaba en el autobús y que estaba muy bien.

En tus escritos usas un estilo muy claro, directo. No suele ser lo habitual en estos casos. Yo noto que algunos compañeros de profesión lo llenan todo de adjetivos y frases dramáticas. Creo que es estupendo descubrir que un músico que te gusta también puede ser un escritor que te gusta o un cineasta que te gusta, y viceversa y etc., etc., etc.
Escribir bien me parece una de las cosas más difíciles. Así como antes te comentaba que cualquiera puede ser un gran conversador o escribir un tuit ingenioso, cuando escribes te expones totalmente, y para un lector entrenado es muy fácil detectar errores de expresión o de concepto. Por eso cuando escribo intento ordenar mis ideas y luego expresarlas de la manera más sencilla y directa posible. No sabría hacerlo de otra forma. También cuando escribo una letra intento usar un lenguaje lo más sencillo posible y evitar las metáforas, los adjetivos y las frases hechas.
Dicen que Dalí escribía muy bien. Hace poco he leído Los Modlin, un libro del fotógrafo Paco Gómez que está increíblemente bien escrito. No sé, me he puesto a pensar en artistas que son buenos escritores... No es que me esté comparando yo con ellos, vaya, no considero que yo escriba bien, y no es falsa modestia. Lo que sí creo que soy buen lector. Nada me gusta más, ni siquiera la música.


                             Foto: Mari Wilson



Te interesa mucho la filosofía. En tus textos mencionas a Platón, Bernard-Henry Lévy, Gustavo Bueno…
Con dieciséis o dieciocho años leí Tlön, Uqbar, Urbis Tertius de Borges y me voló la cabeza. Hasta entonces yo era sobre todo un lector de tebeos y ciencia ficción. Mi escritor favorito era Philip K. Dick, el cual hacía una ciencia ficción psicológica más que de naves espaciales y rayos láser. El cuento de Borges era algo en la línea de Philip K. Dick, pero con mucha más enjundia. Así como Philip K. Dick era capaz de describirnos un mundo paralelo donde los nazis habían ganado la Segunda Guerra Mundial, Borges nos describía un mundo donde el idealismo alemán era verdadero. O dicho de otro modo, partía del “Qué pasaría si el mundo fuera tal y como lo describen Hegel, Fichte o Schopenhauer.” Se puede decir que inventó un nuevo género, el cuento filosófico. Ahora Borges ya no me gusta tanto, pero es uno de esos escritores que te hacen querer leer más cosas. A partir de ahí me empecé a interesar por la filosofía, y hasta hoy.
Pero sigues citando a Borges. Y Philip K. Dick es otro nombre recurrente cuando escribes.
Como dije, son dos de mis escritores favoritos. Si sumamos a Chesterton, creo que son los tres escritores que más he leído. Philip K. Dick era un escritor de género que pasaba días sin dormir bajo los efectos de las anfetaminas para poder ir tirando, vendiendo relatos a revistas de ciencia ficción y escribiendo novelas con no demasiado éxito. Era amigo de Ursula K. Le Guin (la otra K importante de la sci-fi). Creo que fue Stanislav Lem quien lo descubrió, cuando dijo que de toda la literatura de ciencia ficción estadounidense el único que le interesaba era él. Luego le invitó a un congreso de escritores en la URSS y Dick se fue con la carta al FBI diciendo que los rusos le querían secuestrar. Sufría un trastorno esquizofrénico y poco a poco se fue convirtiendo en un personaje de sus novelas. El final de su vida lo pasó convencido de que era la reencarnación de San Pablo y escribiendo un nuevo evangelio, del que dejó escritas montañas y montañas de páginas que están sin editar.
Borges fue un niño bien argentino que consagró su vida a la literatura. Vivió con su madre casi toda su vida y murió virgen, a pesar de haberse casado dos veces. No escribía para el público, sino para la crítica, por lo que le considero un escritor de vanguardia (en sentido estricto, el de las vanguardias europeas de principios de siglo). De hecho fue la crítica francesa el que le hizo famoso en todo el mundo. Podríamos establecer muchos paralelismos con grupos actuales.

¿De verdad que Borges murió virgen?
Tendría que buscarlo, pero creo haber leído en la biografía de Borges que escribió Edwin Williamson (Borges. Una vida), unas declaraciones de su mucama en las que decía algo así como “El señorito Borges murió virgen, ¿sabe?” Otra fuente que no sé si está en el mismo libro, dice que su madre se reunió antes de la boda con su primera mujer para advertirle de que “Borges, de cama, nada”.  Hay otros testimonios de otras novias; por ejemplo, en el libro de María Esther Vázquez sobre él, ella cuenta que su relación siempre se mantuvo en un plano intelectual. La primera experiencia sexual de Borges, que él relata con profundo desagrado, fue la típica visita al burdel con 15 años acompañado de su padre, un mujeriego profesional. Borges heredó la enfermedad  de la vista de su padre, el cual en cierta ocasión abordó a la madre de Borges, su esposa, por la calle, sin reconocerla. Ella le respondió con un: “¿Jorge, ni a mí me vas a dejar en paz?”.
El sexo en Borges siempre es aludido de forma indirecta, salvo en el cuento Ulrica, donde se liga a una Sueca, pero él nos recuerda una escena de un cantar de gesta donde los amantes duermen esa noche “separados por una espada”. Hay otro cuento cuyo título no recuerdo que se basa precisamente en la idea de que la actividad sexual es un secreto que todo el mundo conoce pero nadie nombra. Por otra parte, luego siempre estaba rodeado de jovencitas a las que enseñaba anglosajón y esas cosas… No sé, supongo que si alguien quisiera hacer un análisis psicoanalítico de su obra, se pondría las botas.
En este sentido su figura contrasta con la de Bioy Casares, quien tuvo una vida sentimental muy variada y que se refleja en su obra. Es otro de los polos opuestos de esa amistad.

Dices en uno de los artículos que el hecho de ser artista no implica tener ningún don especial, solo el ejercicio de unas habilidades. Yo discrepo, creo que un artista, además de las habilidades, tiene una mirada, una forma de contemplar la vida y de situarse en el mundo.
Bueno, todos tenemos un punto de vista acerca del mundo, otra cosa es que, por las razones que sean, seamos capaces de expresarlo. Yo ante todo lo que quería decir es que no hay diferencia entre hacer y conocer. Saber es saber hacer. Y para aprender a hacer algo, hay que hacerlo, y hacerlo significa que en cierto modo ya sabías hacerlo. Es lo que decía Platón, no se puede aprender nada que no se sepa. Por eso se da la paradoja de que para que te guste la música tienes que haberla escuchado y disfrutado antes, y para leer hay que haber leído.
Para mí, hay dos tipos de personas: las que te impulsan a hacer cosas y las que te quitan las ganas de hacerlas. Leyendo biografías de músicos, todos tienen ese momento donde, ya sea viendo a Elvis por la tele, o yendo a un concierto de los Sex Pistols, piensan “yo quiero hacer eso. Yo quiero ser parte de eso.” Y de la manera más inconsciente inician una empresa en la que nunca se embarcarían si conocieran las dificultades por adelantado. Yo cuando leo a alguien que me está diciendo “todo es una puta mierda”, la respuesta es clara: “muy bien, pues ahí te quedas”, y me voy a buscar a otro que ofrezca algo en lo que yo pueda participar. En ese sentido creo que es importante decirle a la gente que lo que uno hace no requiere ninguna habilidad especial, es cuestión de trabajar y tener los ojos abiertos.


    Foto: Mari Wilson


Cuando hablas de Dios, Leonard Cohen y los budistas, hablas también de canciones que se acercan a la oración. ¿No crees que hay muchas canciones que en realidad son plegarias paganas? Plegarias para que la persona  amada vuelva, para que el amor no muera, para que se produzca un milagro, para ser feliz…
Muchas canciones son expresión de un deseo, y en eso consisten las oraciones, ¿no?, “Ojalá pase esto”, son whishful thinking, como se dice en inglés. A mí la oración me interesa como género literario, y de hecho en el primer disco de Francisco Nixon, Es perfecta, grabé una. Bueno, es que la música tiene origen religioso. La acústica de las cuevas de Altamira hace pensar a la mayoría de historiadores que en las ceremonias que allí se realizaban se entonaban cánticos.
Respecto al artículo que comentabas, me hizo mucha gracia la crítica que hacía Leonard Cohen a la moda de la espiritualidad oriental de los sesenta, sobre todo entre los grupos de rock: “A mí no me vendas espiritualidad, que yo soy judío y ya tengo la mía”. No sé, canciones como “Turn, Turn, Turn” de Pete Seeger o “Hallelujah” de Cohen, me gustan mucho. Creo para hacer una canción con referencias al Antiguo Testamento, y hacerlo bien, hacen falta talento y valor.

Hablas también del suicidio. El suicidio suele ser un tema tabú, pero es algo que está ahí, es una posibilidad y a la vez no deja de ser una tragedia. Quienes nos dedicamos a la música tenemos cerca el caso más triste, desolador y famoso de suicidio, el de Kurt Cobain, que a su vez abría todo un debate sobre cómo vemos a nuestros ídolos y cómo son en realidad.
En parte creo que la labor de la literatura de ficción es precisamente poder tocar los tabúes. Pasa un poco lo mismo que con el humor, es una manera de decir lo que de otra forma no podría ser dicho. En su día me impresionó mucho la frase con la que Albert Camus comienza un ensayo en el que dice que el suicidio es el único problema filosófico, o algo así. Yo no llego a tanto, pero sí es un tema en el que pienso mucho. Sabemos que hay sociedades con un índice de suicidios mayores que otros (el suicidio es uno de los temas clásicos de la sociología, más que de la psicología, incluso), pero no sabemos por qué. También es un tema con una larga tradición artística, en todos los campos. Y sabemos que hay quien asocia la locura al genio, y en esa tradición se enmarca la lista de estrellas del rock que han tenido un final más o menos prematuro.

“Un fetiche es tiempo congelado”. Me encanta esa frase.
En realidad todos los objetos son tiempo congelado, ¿no? El tiempo que han empleado todas las personas necesarias para producirlo. Yo cuando camino por la calle es lo que pienso: “todo lo que veo, excepto el cielo, ha sido elaborado a escala humana y está cargado de significado.”
El arte es una creación colectiva. Todo artista parte necesariamente de unas instituciones y una tradición.

¿En qué momento te tocó ejercer de crítico musical? ¿Cómo viviste la experiencia? ¿Entiendes mejor a los críticos después de eso o todo lo contrario?
Cuando vine a Madrid estaba sin trabajo y un amigo común que trabaja en Mondosonoro me ofreció ser colaborador. Hice algunas entrevistas y críticas de discos, y me di cuenta de lo difícil que era. Primero porque la mayoría de las veces (siempre) tú no eliges aquello de lo que quieres hablar, sino que tienes que ceñirte a la actualidad. Y segundo porque la mayoría de las veces (casi siempre), el entrevistado o el álbum no tienen mayor interés. Frente a esto puedes tomar varias posturas: o mostrarlo tal como es, o cargártelo, o intentar sacarle un poco de brillo. Todas me parecen legítimas, pero a mí me gustan los críticos capaces de transmitir entusiasmo por la música. Lo que pasa es que resulta más fácil y más divertido destruir. Cuando destruyes siempre tienes razón, porque en el fondo, es verdad que la vida es muy decepcionante.


    La Costa Brava


Otra cuestión que también me atrae y que tú abordas: ¿se puede ser un gran artista siendo una mala persona? Yo creo que sí y que es normal, y si me apuras incluso necesario para poder abrirse paso. Lo que me intriga más es por qué tenemos esa necesidad de querer al artista cuando con la obra nos bastaría.
A la hora de promocionar tu obra y competir en el mercado, estoy totalmente de acuerdo contigo en que tener demasiados escrúpulos puede ser (y de hecho es) contraproducente. Creo que fue John Lennon el que dijo que para triunfar hay que ser un hijo de puta y que los Beatles fueron los mayores hijos de puta. Pero si hablamos del momento de crear la obra, ahí tengo mis dudas. Veo muy difícil ser capaz de conectar con los demás si uno no tiene empatía. Para contar la vida de los demás tienes que ser capaz de ponerte en su lugar. No hablo del típico caso de un músico al que admiras y luego lo conoces y es un gilipollas, eso me parece normal. Hablo de ser capaz de leer a las personas, y eso implica mucha inteligencia emocional. Tampoco sé hasta qué punto una persona que no se cuestiona es capaz de hacer autocrítica y mejorar.
Lo que sí pienso es que muchas veces ser demasiado inteligente es malo, porque la inteligencia es ante todo crítica, y la crítica puede ser desmoralizadora. Creo que cierto grado de estupidez, de inconsciencia, o si prefieres, de simplicidad, juega a favor del artista.
Si lo piensas bien, al final todo se reduce a salir delante de la gente y hacer el payaso. Tomarse a uno mismo demasiado en serio puede ser contraproducente. La mayoría de los casos de miedo escénico vienen de ahí. Yo muchas veces me pongo fatal antes de salir a tocar. Luego pienso: “Qué cojones, tampoco eres el centro del mundo. Sales, haces tu rollo, y te vas”.

Leyendo lo que escribes sobre Sergio Algora me atrevo a decirte que si alguna vez se publica una biografía suya, espero que esté firmada por ti.
Una biografía no, porque yo sólo le conocí en una época, y ahora mismo no tendría tiempo, pero sí que estoy escribiendo la biografía de La Costa Brava, donde espero conservar al menos esa parte, desde mi punto de vista. Hay muchas cosas que no se pueden contar, y que me gustaría tal vez incluir más adelante en una novela. Sobre todo me gustaría poder recoger el tono que tenían las conversaciones con Sergio. Creo que ese era su gran talento, cualquiera que entraba en su bar pedía un vino y se tiraba la tarde charlando con él, hablando de música, de chicas, de libros, pasando un rato agradable. Tenía un carisma que no he vuelto a encontrar. Sería todo un logro artístico poder capturar ese aura que proyectaba.

¿Es cierto que detestaba que les llamaran “surrealistas”? Estoy seguro que en alguna ocasión yo debí usar ese adjetivo. Ahora que he leído eso espero no haberlo hecho, pero me extrañaría mucho que no fuera así.
Sí, lo detestaba, pero yo creo que lo decía por joder, porque no quería que lo asociaran con la típica figura del poeta decadente, cosa que realmente es lo que era, jajaja. Me imagino que se lo dijeron tantas veces que acabó harto.
De hecho Sergio estudió francés en el colegio para poder leer a los simbolistas franceses, Valery, Rimbaud, todos esos… Estando conmigo sus letras se volvieron un poco más costumbristas, un poco creo que por jugar a lo que yo jugaba, pero la primera vez que escuché al Niño Gusano no me gustaron nada, no entendía nada. Con el tiempo lo entendí, y me parecieron buenísimos, claro, pero en la época que estábamos juntos en RCA no me gustaban nada. Estaban en las antípodas de lo que yo hacía en ese momento.

Al margen de lo anterior, creo que los textos en los que hablas de Sergio son una manera estupenda de recordar a un artista y a un amigo con sobriedad y resultar a la vez emocionante. ¿Le echas de menos?
Sí, muchísimo. No sé si hubiéramos podido seguir con el grupo durante mucho tiempo, porque éramos dos tomando decisiones y yo empezaba a tener la necesidad de sacar adelante mi propio proyecto. No por nada, sino porque en esos momentos no tenía trabajo y La Costa Brava no daba dinero. Yo necesitaba algo que me permitiera salir a tocar solo, con pocos gastos y sin nadie a repartir. Me consta que Sergio nunca lo entendió bien del todo, pensaba que La Costa Brava podía crecer y darnos de comer a todos, pero a mí se me hacía una cosa imposible. Tanto él como yo pasamos por la experiencia del éxito, tal vez yo más que él, y mientras él pensaba que el éxito se puede repetir, yo pensaba (y sigo pensando) que es imposible, el éxito te llega una vez en la vida, y ya. Yo me lo pasaba bomba con ellos, y creo que aún hubiéramos sido capaces de sacar algún buen disco, pero a diferencia de Sergio yo pensaba que ya habíamos triunfado con Llamadas Perdidas y que eso era lo máximo que íbamos a poder conseguir. Además estar en La Costa Brava era incompatible con una vida normal, y yo empezaba a querer quedarme en casa en vez de estar por ahí haciendo el indio.
Tal vez el equivocado era yo, nunca lo sabremos. Claro que le echo de menos, ni siquiera puedo ir a Zaragoza sin que me dé el bajón.




Nunca me olvidaré de lo que me reí la primera vez que vi escrito el título de “Natasha Kampush (Hazme una perdida)”. Imagino que estar con Sergio implicaba estar riéndose muy a menudo.
Sergio era el líder de la pandilla, esa persona que cuando tienes once años, es domingo, está lloviendo, y estás aburrido rodeado de tus compañeros del equipo de fútbol dice: “¡ya sé a lo que vamos a jugar!” Transmitía un entusiasmo que hacía que todo el mundo se esforzara en brillar y ofrecer la mejor versión de sí mismo, y además lo hacía de manera que tú te sentías que eras genial, por eso todo el mundo quería estar siempre con él. Era muy mentiroso, pero mentía para que todo el mundo lo pasara bien, y por eso le perdonabas. Además era muy generoso, hizo muchos favores a mucha gente, aunque también podía ser egoísta cuando se trataba de conseguir algo que él quisiera. ¿Sabes con quién lo asocio muchas veces? Con Félix Romeo. Lo conocí en Zaragoza a través de Sergio, y lo poco que lo traté me pareció una persona de ese perfil, alguien que siempre estaba con la sonrisa en la boca y siempre intentando estimular a la gente a hacer cosas, a mí me decía: “Fran, tú tienes que escribir, con esas letras tienes que escribir...”. Cuando murió me dio muchísima pena, “otro lazo con Sergio que se rompe”, pensé.

No puedo cerrar esto sin preguntarte por las frases de los traficantes. ¿De verdad son todas reales?
Son todas reales, de dos personas diferentes: un antiguo compañero de colegio y un amigo de Richi. Y todas basadas en real events.



No hay comentarios:

Publicar un comentario